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edu comelles

Mugre, ruido, grasa de motor y heavy metal field recordings

Como si de una catarsis se tratara, Rally! (Exp_Net, 2012) aquella broma mexicana con Javier Piñango terminó transformándose en este BullDozer que más que una bonita casualidad es una bomba de relojería.

BullDozer es mi respuesta a el paisajismo sonoro de manual, a la cosa sonora bonita y al abuso del pajarito y las olas del mar. BullDozer es mala leche, es ganas de poner sobre la mesa cuestiones que ya toca empezar a medir, denunciar o vapulear.

Esta es la versión gamberra de todo el meollo, aquella que más que tender puentes los quema, aquella que establece un contrapunto, otra forma de enfrentarse a aquella cosa llamada fonografía o grabaciones de campo. BullDozer es a fin de cuentas lo mismo que Safareig pero sin la parte bonita, aquí no hay paz para los malvados, esto es la guerra total. 

Y encima en Surrism, un sello como dios manda.
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Aquí va el texto de Piñango:

Heavy Metal Field Recordings…

BullDozer podría interpretarse como el enfrentamiento, el duelo (sin chaleco antibalas), entre  una serie de grabaciones de campo “puras”, no tratadas, y un sintetizador analógico generador de ruidos… Pero ésta sería una interpretación incompleta, demasiado básica. BullDozer va, o quiere ir, más allá. Ese enfrentamiento entre dos espectros sonoros a priori alejados entre sí, es premeditadamente provocado, es un sabotaje inducido, a sabiendas del resultado que va a producir: algo que podría describirse como cochambre, suciedad, corrupción, óxido, gasolina, lejía… y ruido, saturación, exceso, puñetazo… Una actitud sonora contenida y expuesta en la etiqueta “heavy metal field recordings”, tal cuál, ni más ni menos. Sí, BullDozer es un disco de grabaciones de campo, es un disco de heavy metal sin guitarras eléctricas, es un disco de electrónica analógica a la deriva, es deliberadamente macarra en su planteamiento y en su discurso final, es a esa cosa que llamamos experimentación sonora lo mismo que Charles Bronson y su revólver al cine de matones, es una provocación, un exabrupto, un paseo por el lumpen de lo sonoro, un micrófono y un sintetizador poniéndole ojitos tiernos a un amplificador Marshall, una reflexión de barra de bar sobre géneros, estilos, métodos, modos y acciones, una herejía con todas las ganas de serlo y de crecer aún más en el futuro en su propia heterodoxia…

Hasta aquí el punto de partida y el punto final de BullDozer. Entre medias siete piezas de carne sonora que, como es obvio, sólo podrían abrirse con una lapidaria declaración de intenciones: el motor de “Mundo Lemmy” lo dice todo. De hecho, Lemmy lo dice todo. Después hay tiempo para túneles de lavado, sierras de disco, metros no subterráneos y en movimiento, bólidos de fórmula uno convertidos en maquinaria pesada fallera, centrifugados de lavadora a mil revoluciones y un aquelarre de ecos mexicanos vendiendo bolsas de marca y resonando y atronando en un Zócalo vuelto del revés: tamborilada final… O sea, heavy metal, por si había alguna duda.

Producir, grabar, mezclar, masterizar BullDozer, ardua tarea de infección: ¿cómo enfermar un disco como éste sin que acabe enfermándote a ti? Sangran los oídos de tanto escuchar, afinar, afilar, ajustar y desajustar, revolver, destrozar… Pero todo tiene sentido, al menos para Edu Comelles y Javier Piñango, los culpables de esta cosa…

BullDozer gustará e irritará, probablemente a partes iguales, a unos y a otros…
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